Me desperté con la sensación de su calor todavía pegado a mis sábanas y una sonrisa que no me cabía en el rostro. Estiré el brazo, pero el lado de Nikolái ya estaba vacío, aunque el aroma de su piel seguía flotando en la almohada. Me senté con pereza, estirando los músculos, y lo primero que encontré en el suelo fue la camisa blanca que él se había quitado la noche anterior.
Me la puse sin pensarlo, disfrutando de cómo la tela me quedaba enorme y me cubría hasta los muslos con una suavidad delic