Isabella
La vela de sebo en el repisa de la ventana se había consumido hasta convertirse en un charco grueso y amarillo. Su mecha se inclinó hacia un lado hasta que la llama carbonizó el pino seco del marco.
Afuera, la noche permanecía densa sobre los abedules. El peso ocasional de una rama mojada dejaba caer un trozo de nieve sobre los helechos de abajo.
Freya llevaba horas dormida en el cobertizo trasero. Sus ronquidos salían por la rendija del tabique como el arrastre de un cuero seco sobre l