Ciento veintidós

Isabella

Los tambores de la plaza empezaron a sonar antes del amanecer, un ritmo hueco y errático que vibraba a través de las paredes de piedra de nuestra cueva.

Me desperté de golpe, con el sudor frío pegado a mi espalda y las manos cerradas en puños sobre el suelo de tierra. Afuera, el aire de la montaña se sentía pesado, cargado con el olor a hierro y a pino quemado que siempre precedía a los problemas.

Tomás apareció en la entrada de la fisura, con las botas cubiertas de lodo y los ojos mu
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