Ciento doce

Isabella

La suela de la bota de Freya se arrastró pesadamente por la arcilla húmeda cerca de la fisura de entrada, y sus dedos dejaron caer un trozo roto de arpillera sobre la mesa baja de piedra. Un pequeño grupo de aulaga seca cayó del dobladillo de su capa, rodando hacia las cenizas del hogar de cocina donde chisporroteó dos veces.

Pedro Genaro no levantó la barbilla de su palma,

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