El castillo de Blood Moon se alzaba imponente bajo el tenue resplandor dorado del alba, pero para Mia, la luz del nuevo día no traía consuelo. Las horas de la noche habían sido un tormento: el recuerdo de su enfrentamiento con Aamon, las palabras de Tarvos y, sobre todo, la revelación de su propia transformación, se repetían en su mente como un eco ensordecedor. Su cuerpo estaba exhausto, pero su alma no encontraba paz. Cuando finalmente se obligó a levantarse, un escalofrío recorrió su espina