El frío del suelo húmedo de piedra se filtraba a través de la túnica de Seth, cuyas vestiduras fueron lo único que Mía dejó que usara, helándole la piel como si ya estuviera muerto. Ahí yacía boca arriba en la mazmorra más oscura del castillo, tenía los ojos vidriosos fijos en las grietas del techo abovedado. Cada respiración era una batalla, cada latido de su corazón un recordatorio cruel de que seguía con vida cuando todo en él gritaba que ya no debería estarlo.
Las cadenas y grilletes de p