El palacio estaba en silencio esa noche, como si la piedra misma hubiera respirado y se hubiera negado a soltarlo. Ragnar merodeaba por los confines de su estudio como un depredador enjaulado, las sombras del fuego moribundo se extendían por el suelo en formas irregulares e inquietas. Sus manos se retorcían de agitación, incapaces de descansar, su mente carcomida por sospechas que no podía nombrar ni silenciar.
Había intentado, por los dioses, lo había intentado, sumergirse en el trabajo. Mapas