La toalla se le resbaló de los dedos regordetes mientras se desplomaba en el suelo. La piel de las puntas de los dedos se le arrugaba por haber estado en el agua tanto tiempo.
La vergüenza la invadió por completo.
Atenea había entrenado muy duro toda su vida, y aun así no pudo detenerlo. Su cuerpo se puso rígido bajo el ataque. Su mente le gritaba que luchara contra él, pero su cuerpo no se movía. Y él era tan condenadamente fuerte que apenas podía moverse.
A pesar de todo esto, el miedo que si