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Ana aprovechó un momento de respiro para escabullirse entre los pasillos. Tenía la carta doblada y apretada en la mano desde hacía rato, como si al soltarla pudiera desaparecer el problema que llevaba dentro. Necesitaba a Charlotte. Necesitaba que alguien le dijera, con palabras claras, qué había firmado.
Buscó primero donde siempre la encontraba: cerca de la cocina, entre cestas y risas, con harina en las manos o dando órdenes. No estaba. Preguntó a dos muchachas que pasaban cargando telas; negaron con la cabeza. Siguió avanzando, cada vez más inquieta, hasta que el murmullo del gran salón le llegó antes que la imagen.
Allí estaba Mohan.
Movía mesas y bancos con la camisa remangada, el cabello desordenado y la expresión concentrada de quien lleva horas trabajando sin pausa. Ana se acercó con rapidez.
-¿Mohan? -Preguntó, casi sin aliento. -¿Viste a Char?
Él se enderezó y miró alrededor, como si fuera a aparecer en cualquier rincón.
-Debería estar por aquí… -Murmuró.
Llamó a