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Ana aprovechó un momento de respiro para escabullirse entre los pasillos. Tenía la carta doblada y apretada en la mano desde hacía rato, como si al soltarla pudiera desaparecer el problema que llevaba dentro. Necesitaba a Charlotte. Necesitaba que alguien le dijera, con palabras claras, qué había firmado.
Buscó primero donde siempre la encontraba: cerca de la cocina, entre cestas y risas, con harina en las manos o dando órdenes. No estaba. Preguntó a dos muchachas que pasaban cargand