Una escapada II
La conversación siguió, pero Ana apenas la escuchó. Las palabras de los demás se volvían lejanas, apagadas. Algo dentro de ella se retorcía con ansiedad, como si su loba necesitara aire, espacio, tierra bajo las garras.
Cuando terminaron de comer, la música comenzó en el salón. Algunos se levantaron a bailar, otros se acercaron a las chimeneas. Nadie pareció notar cuando Ana se puso de pie. Tara estaba riendo con Gora, Sigrid hablaba con un joven corpulento y Astrid discutía en