Corazón de una Manada
El amanecer llegó sin aviso. Un resplandor dorado se filtraba por los ventanales, tiñendo las pieles y mantas del cuarto donde Ana despertó. Tardó unos segundos en recordar que ya no estaba en la habitación de la anciana ni en su refugio del bosque, sino en el cuarto de Charlotte. Todo allí tenía un aire caótico pero acogedor: prendas colgadas en el respaldo de una silla, frascos de lociones o productos femeninos abiertos, un brasero todavía encendido y el inconfundible ar