76. UNA LOCA CON LICENCIA
ISABELLA
—¡Bebe, bebe, bebe! —los gritos resonaban en mi cabeza, colgando a varios metros del suelo.
Mis piernas, atadas a la viga en el techo, mientras chupaba por una manguera, algún tipo de brebaje adictivo de esta cantina clandestina de magos.
Tenía que cerrar con fuerza los muslos para que el vestido no mostrara toda mi tanga, aunque, para el caso, ni idea si ya estaba a la vista.
¿Cómo terminé metida en esta competencia de borrachos? Solo la Diosa sabe.
William, el mismo que ahora se reía