33. VISITANTE NOCTURNO
ISABELLA
— Pero… —no sabía ni qué responder.
Ver la cara de regodeo de Miska hacía que la rabia se prendiera como fuego en mis venas.
— Necesito hablar con usted, su majestad —me paré firme, sin mirarla a ella y con los ojos clavados en la bestia medio oculta en las sombras.
— Y yo te di una orden que espero que obedezcas —los dedos se me cerraron con fuerza alrededor del frasco.
Mi respiración salía pesada mientras la humillación me recorría.
— Su Alteza, lo que sucedió…
— Márchate, Savannah,