214. UNA DULCE ILUSIÓN

NARRADORA

Alistair le rugió desplomado en el sillón, con un fuerte olor a alcohol mientras extendía su brazo lleno de venas colapsadas y moradas.

El doctor no tuvo más remedio que llevar los dedos temblorosos hacia la bandeja de metal sobre la mesita y cargar el líquido púrpura en la jeringa.

Su majestad se había encerrado en su estudio privado de la torre y lo había obligado a inyectarle una y otra vez esta droga que provocaba ilusiones mentales.

Se decía que mostraban los anhelos más profundo
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