Amaya pasó toda la noche llorando. Sentía el deseo de decirle a su madre que se fuera de la casa, después de todo, o era ella o eran sus hijas. Las alternativas para convivir todas juntas eran escasas. No podía aceptarla con su adicción, era peligrosa.
Sin embargo, allí estaba Isaura, durmiendo en el sillón como si horas antes no hubiese amenazado con quitarse la vida delante de sus ojos.
No sabía qué hacer para ayudarla. Pero lo único que tenía claro era que no podía abandonarla…
Lastimosam