La mansión estaba sumida en un silencio sepulcral. Los niños finalmente dormían, ajenos a la tormenta que seguía rugiendo en el piso de abajo. Tyler esperaba en su despacho, con una copa de whisky intacta y la mandíbula tensa. Cuando escuchó el clic de la puerta, no se giró.
—Entra, Harrison. Y cierra con llave —ordenó, con una voz que vibraba con una autoridad peligrosa.
Amber obedeció, con el corazón martilleando contra sus costillas. La rabia del coche se había transformado en algo más denso