Mundo ficciónIniciar sesiónLa noche fue larga, muy larga.
Noah sabía perfectamente que era la primera vez de Olivia, ella misma se lo había dicho en el auto, pero aunque no se lo dijera, lo hubiera sabido por su nerviosismo, por la forma en que temblaba bajo sus manos, por cómo se aferraba a él como si tuviera miedo, pero aun así no querer detenerse.
Así que no fue brusco, no fue salvaje como lo hacía siempre. Usó hasta la última gota de autocontrol que tenía.
La besó lentamente, como si quisiera memorizar cada suspiro que escapaba de sus labios. Sus cuerpos encajaban de una forma casi absurda, como si hubieran sido hechos específicamente el uno para el otro.
La piel de Olivia era incluso más suave de lo que imaginó, Delicada, cálida, adictiva.
Y su cuerpo… Dios...
Noah recorrió cada curva con las manos, maravillándose en silencio. Sus pechos eran perfectos, suaves, sensibles. La cintura pequeña hacía que sus caderas parecieran aún más tentadoras entre sus dedos.
Y los gemidos de Olivia… llenaban la habitación de una manera que lo estaba volviendo loco.
Noah enterró el rostro en su cuello intentando controlarse.
Porque cada vez que ella dejaba salir un gemido entre jadeos, sentía la poca cordura que le quedaba se rompía.
Cuando finalmente se acomodó entre sus piernas, levantó el rostro para besarla suavemente.
—Relájate… dolerá solo un momento.
Olivia asintió nerviosa.
Sus uñas se clavaron en la espalda de Noah apenas lo sintió entrar.
El dolor la hizo jadear.
—Respira, pequeña… relájate
Noah la besó lentamente mientras acariciaba su cintura intentando relajarla.
Y cuando sintió que el cuerpo de Olivia comenzaba a acostumbrarse a él… decidió seguir, comenzó a moverse lentamente primero.
Luego más profundo, más intenso, más necesitado.
La habitación se llenó de gemidos, respiraciones agitadas y caricias desesperadas. Noah la besaba como un hombre hambriento mientras Olivia se aferraba a él completamente perdida en sensaciones que jamás había experimentado.
Una y otra vez esa noche Olivia Hale fue completamente suya.
Y Noah terminó más adicto a ella de lo que quería admitir.
A la mañana siguiente, Olivia despertó sola.
La luz del sol atravesaba las cortinas de la habitación haciéndole doler la cabeza.
Se incorporó lentamente y entonces lo notó, estaba desnuda.
—Mierdaaa…
Miró su cuerpo alarmada, su cuello tenía pequeñas marcas rojizas.
Sus piernas temblaban apenas y entre ellas… dolor, mucho dolor.
El corazón comenzó a latirle con fuerza.
Miró las sábanas y había una marca carmín en ellas, lo había hecho, de verdad había pasado, pero apenas recordaba fragmentos.
Un hombre alto, muy alto, una voz grave, pero que se perdía en el aire y unas manos cálidas sosteniéndola toda la noche.
Olivia miró desesperada alrededor.
No había nadie, solo algunas colillas en un cenicero y el aroma masculino impregnado todavía entre las sábanas.
Tomó rápidamente sus gafas rotas y se las pegó como pudo.
Cuando revisó el celular, sintió que el alma abandonaba su cuerpo.
Iba tarde, muy tarde.
—¡No no no no!
Se vistió torpemente y salió casi corriendo de la habitación.
Noah ya no estaba. Ni siquiera sabía quién era, menos recordar su rostro, si todo el tiempo estuvo sin gafas.
Cuando llegó a la pastelería, el señor Johnson estaba detrás del mostrador mientras su esposa la observaba con evidente molestia.
—Este día se te descontará. No puede ser que llegues a estas horas.
—Perdón, señora Johnson…
El anciano miró a Olivia con preocupación inmediata.
—Hija… ¿estás bien?
Olivia intentó sonreír.
—Sí… solo tuve una mala noche.
La señora Johnson soltó un bufido.
—¿Ves? Por eso se comporta así. Eres demasiado blando con ella. Ahora deja de hablar y ponte a trabajar.
—Sí, señora Johnson.
Olivia tomó rápidamente los implementos de limpieza y comenzó a trabajar.
Limpiaba vitrinas, servía mesas, atendía clientes, pero toda su mente seguía atrapada en aquella habitación.
En aquellas manos.
En aquella voz grave diciéndole “relájate pequeña”.
El día pasó como un suspiro.
Cuando finalmente regresó a casa, sintió un extraño escalofrío al ver luces azules y rojas iluminando toda la entrada.
Policías, muchos policías.
Olivia frunció el ceño y corrió hacia la puerta.
Entró justo cuando esposaban a su padre.
—¿Qué… qué sucede?
Uno de los oficiales la miró.
—El señor Hale será llevado a prisión por malversación de fondos y juegos ilegales.
Olivia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué…?
Miró a su padre completamente pálido.
—¿Papá… qué es esto?
Nilsa y Kyra observaban aterradas desde la escalera.
Pero ninguna bajó, ninguna dijo nada, como siempre…
Olivia era quien estaba al frente.
—¿Usted es su hija? —preguntó el oficial.
—Sí…
El hombre suspiró.
—Entonces tendrá que hacerse cargo de la deuda. De lo contrario el señor Hale será trasladado directamente a una prisión de máxima seguridad.
Olivia palideció.
—¿Deuda…?
El oficial le entregó unos documentos, la cifra hizo que dejara de respirar.
Era imposible, simplemente imposible.
—No… no puedo pagar esto…
Entonces su padre cayó de rodillas frente a ella.
El mismo hombre que jamás la defendía.
El mismo que siempre la hacía sentir menos.
Ahora la miraba desesperado.
—Hija… hija, por favor, sálvame… por favor… no puedo ir ahí… me matarán… Olivia, eres mi hija… ayúdame… por favor…
Y aun después de todo… el corazón de Olivia volvió a romperse por él.







