Por un instante, el tiempo pareció detenerse.
El mundo entero dejó de existir. Los acantilados, el mar, los malditos pingüinos, los turistas que huían despavoridos. Todo se desvaneció, absorbido por un vacío oscuro y ensordecedor. Solo quedó ella.
Solo quedó Sharon.
Y el rojo.
Ese maldito rojo carmesí que brotaba de su costado, imparable, burlándose de mí. Se expandía sobre su vestido blanco como una flor de sangre, y mis manos, mis malditas manos, intentaban contenerlo, presionaban la herida c