No importa cuántas veces mirara el reloj, las manecillas parecían negarse a avanzar.
El segundero daba tumbos, arrastrándose como si el tiempo se hubiera vuelto una sustancia, pegajosa, imposible de atravesar. Cada tic resonaba en mi cabeza como un martillazo, recordándome que, en algún lugar tras esas puertas, cada segundo que pasaba era un segundo menos.
Un segundo más cerca de la muerte.
Un segundo más lejos de ella.
La sala de espera era un espacio vacío, blanco, estéril. Colmado del olor a