Al día siguiente por la mañana, Lía se despertó sintiéndose mejor, así que intentó levantarse.
Mikkel estaba parado junto a la ventana, con una taza de café en la mano, cuando la vio sentada, dejó la taza en la mesita y se apresuró a acercarse a ella.
—No te esfuerces —dijo, arrodillándose frente a ella.
Lía negó con la cabeza.
—Me siento mejor —dijo.
Él la miró fijamente, sonrió, definitivamente Lía se veía mejor que antes.
—El médico dijo que las plaquetas siguen subiendo —murmuró— van poco a