Cuando la presa se convirtió en reina
Cuando la presa se convirtió en reina
Por: Cristina López
Capítulo 1

La tierra tembló, aunque al principio solo pensé que era mi cabeza, que seguía mareada por todo lo que había pasado el fin de semana anterior, pero cuando el suelo volvió a vibrar una segunda vez, cuando las paredes crujieron y los ventanales comenzaron a repiquetear como si fuesen a estallar, me di cuenta que, por primera vez, yo no era el problema, más cuando los estudiantes salieron corriendo en estampida hacia las puertas del instituto, en ese segundo exacto comprendí que algo muy malo sucedía.

Me gustaría decir que el pánico me invadió, que comencé a temblar o a gritar como muchos lo hacían, pero sin embargo no fue el caso, el fin de semana se había llevado cualquier impresión y cualquier sentimiento que pudiera ver en mi cuerpo, aun así, en algún momento me vi siendo arrastrada por la multitud, por supuesto que no tenía cómo impedir aquello, era débil, era insignificante, y antes semejante estampida era nada, por lo que simplemente más parecía una bola de playa siendo arrastrada por la marea, salvo que esta marea no estaba formada por agua sino por personas, solo era cuestión de tiempo para que trastabillara y terminará muerta aplastada por alguien, aunque si debo ser honesta en verdad deseaba que algo así sucediera, ese podría ser mi mejor final, cualquier cosa que me evitara ver el rostro de Jano o el de alguno de sus hermanos, quizás este terremoto era un favor que me estaba concediendo la diosa luna, porque malditamente la clase que seguía estaba impartida por Jano.

Ya de por sí era malo saber que tarde o temprano me lo toparía, porque no tenía lugar a dónde ocultarme, al menos no mientras estuviese dentro del instituto donde él era uno de los tantos profesores, de solo imaginar que tendría que volverlo a ver, mis manos sudaban, entonces, por supuesto que deseaba ser simplemente convertida en polvo en medio de esta estampida, pero por supuesto que, suerte es lo que nunca tuve, y eso quedó más que claro, cuando de pronto una mano aferró mi muñeca, era él por supuesto.

—Menos mal que estás aquí —gruñó Jano, tirando de mí hacia adelante—. Vamos, debemos salir. No sé qué demonios está sucediendo, pero debo ponerte a salvo.

Su voz, su tacto, su olor… Todo él me revolvió el estómago, me daban ganas de gritarle, de escupirle en la cara que no tenía derecho a tocarme, ni siquiera para salvar mi vida, ni él, ni sus hermanos, porque ellos tres se habían encargado de destruirme, de recordarme día tras día lo insignificante que era.

Entonces simplemente abrí la boca, lo rechazaría, lo maldeciría si fuese necesario, las palabras estaban allí ardiendo en mi lengua, y sin embargo, nada salió de allí, mi boca se abrió y cerró, como si de un momento a otro me hubiese quedado muda, tal como había ocurrido el fin de semana anterior, la voz se me quedó atrapada en la garganta,  lo único que podía sentir era la angustia golpeando mi pecho, estrangulándome desde adentro, y las lágrimas agolpándose en mis ojos quemando por salir, sin embargo parecía que había llorado tanto el fin de semana que ya ni lágrimas me quedaban y mientras tanto, Jano siguió tirando de mí, abriéndose paso entre los demás hasta que, finalmente, salimos al exterior.

El frío me azotó la cara, este invierno de por sí estaba siendo uno de los peores que había azotado el territorio, pero ahora se sentía casi insoportable.

—¡Sky!

El grito de Taylor me hizo revolver el estómago aún más, ese imbécil que era el entrenador de los guerreros, el que siempre se mostraba tan implacable y concentrado en su deber, ese mismo que no dejaría su puesto por nada del mundo, ahora estaba allí, no solo fuera del campo de entrenamiento, sino que se había dignado a aparecer en el instituto, lo peor de todo que me buscaba entre la multitud como si realmente le importase, ¡que irónico!

Se suponía que, de los príncipes, él era el más responsable, el que nunca abandonaría su puesto por algo tan insignificante como yo, pero, claro, ahora nada era como “se suponía” que fuera.

—Gracias a la Diosa que la encontraste. —dijo una tercera voz.

Kenan apareció a mi derecha, como si hubiese brotado de la nada, y allí estaba los malditos príncipes, esos que me doblaban la edad, la estatura, la fuerza, esos mismos que se habían encargado durante años de convertir mi vida en un infierno, al igual que cada uno de los habitantes de este maldito lugar, y ahora… ahora simplemente pretendían ser mi salvadores.

Claro que su cambio tan drástico de comportamiento no se debía a que se habían percatado de que soy un ser vivo con sentimientos, no, eso a ellos jamás les importó, su cambio solo radicaba en él asqueroso hecho de que eran mis compañeros destinados.

Recordé sus palabras de la noche anterior, la desesperación en sus ojos, sus voces humillándose, ofreciéndose incluso a ser mis esclavos si era necesario, algo que en verdad debería de haber sido sumamente satisfactorio… pero no lo fue, por supuesto que quise rechazarlos, gritarles que se alejaran de mí, que prefería morir de soledad antes que aceptar su protección, restregarle en la cara que habían llegado demasiado tarde, que su acoso había llegado demasiado lejos, que jamás podría amarlos, porque mi corazón solo los detestaba, y aun así aunque me esforcé, realmente lo hice, ni una mísera palabra salió de mis labios, como si algo me lo impidiese, y por supuesto que no podía culpar a mi loba, porque malditamente no tengo una, ese era el motivo de su acoso, ese era el justificante para tratarme como lo hacían.

—Sky, rápido, por aquí.

La voz de Luna Esmeralda cortó en seco el remolino oscuro de insultos que estaba empezando a tragarme, porque por supuesto que todo el mundo me había tratado como basura, incluso mi propio padre, pero aun así, entre tanto odio, estaban aquellos que habían sido luces en mi eterna oscuridad, como la reina luna y el rey Alfa, como Juana, por supuesto que a ellos no le guardaba rencor y fue por eso que apenas escuché su voz volteé a verla, y solo entonces, me di cuenta de que no solo la tierra había temblado…El cielo también se había vuelto una pesadilla.

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