Minerva, Reina de los Aquelarres, dejó caer la gota de sangre sobre la superficie del cuenco de obsidiana y contuvo la respiración, no era la primera vez que hacía ese ritual, pero sí era la primera vez que temía tanto por lo que pudiera ver.
El líquido rojo se extendió en círculos concéntricos, mezclándose con el agua oscura, y finalmente una fina neblina violácea se elevó del cuenco, girando sobre sí misma, como si buscara forma sin encontrarla, y Minerva apretó la quijada, otra vez, otra vez