674. Aprieto ligeramente la mano de Kael.
Entiendo que la amenaza más peligrosa es la que aprende a quedarse.
La figura ocupa su lugar frente a nosotros con una quietud que impone ritmo propio, como si el bosque entero hubiera decidido girar alrededor de su presencia; los troncos altos, cubiertos de musgo húmedo, filtran una luz verdosa que cae en franjas irregulares sobre el suelo, y en ese entramado de sombras y claros percibo cómo cada pequeño sonido —una hoja desplazándose, el crujido leve de una rama— se reorganiza en función de a