536. La arquitectura de mi propio deseo.
Yo creí que era el centro.
Qué arrogancia tan deliciosa.
Durante horas sentí ese latido dentro de mí como si fuera un secreto íntimo, una llama privada creciendo bajo mi piel. Caminaba y el pulso respondía. Respiraba y se acomodaba conmigo. Era mío.
Ahora sé que no me pertenece.
Y, aun así, me recorre como si me hubiera elegido.
Estoy de pie frente al ventanal, la ciudad extendida abajo como un organismo que acaba de descubrir su columna vertebral. Las naves del Consejo ya no rodean el edificio