387. Cuando el deseo se vuelve juramento.
Lo primero que siento no es exaltación ni triunfo, sino una calma densa, casi inquietante, que se instala en mí como el silencio que sigue a una confesión demasiado largamente contenida, y en esa quietud comprendo que el poder que acabo de liberar no se ha disipado, sino que permanece atento, despierto, esperando una dirección que no puede venir de la ira ni del miedo, sino de algo mucho más difícil de sostener: la voluntad consciente de no fragmentarme otra vez.
Mi respiración tarda en normali