388. La promesa que quema sin consumirse.
Lo que primero me atraviesa no es el miedo ni la euforia, sino una certeza incómoda, una comprensión silenciosa de que ya no puedo fingir que este poder es algo externo a mí, algo que puedo invocar y luego guardar como una joya peligrosa en un cofre sellado, porque ahora habita en mi pulso, en la manera en que mi pecho se expande al respirar, en la forma en que cada pensamiento parece arrastrar una estela de calor que no quema, pero tampoco se enfría.
Me descubro temblando apenas, no por debili