298. Los hijos del fuego.

El aire del salón arde antes incluso de que hable. Lo siento en la piel como si las paredes respiraran un calor antiguo, húmedo, palpitante. No es la lluvia —afuera el cielo aún guarda silencio—, sino algo que despierta adentro, algo que se propaga sin pedir permiso. Tres sombras se alzan frente a mí, los tres consejeros más fieles, los que han compartido mi mesa, mis estrategias, mis noches de desvelo. Hoy, sin embargo, sus miradas son espejos de un mismo resplandor, una fiebre invisible que reconozco porque me pertenece.

El fuego del beso.

—Majestad —murmura Eryon, el más joven, con una voz que tiembla como si el aire mismo lo quemara—. Desde anoche... no puedo dormir. Soñé con el mismo sello que vi en su piel.

Se lleva una mano al cuello, y allí, donde el pulso late con fuerza, brilla una marca débil, roja, idéntica a la mía.

Los otros dos —Aren y Solen— no dicen nada, pero sus ojos los delatan. El primero suda, el segundo apenas puede mantenerse en pie. Me acerco, despacio, sintie
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