298. Los hijos del fuego.
El aire del salón arde antes incluso de que hable. Lo siento en la piel como si las paredes respiraran un calor antiguo, húmedo, palpitante. No es la lluvia —afuera el cielo aún guarda silencio—, sino algo que despierta adentro, algo que se propaga sin pedir permiso. Tres sombras se alzan frente a mí, los tres consejeros más fieles, los que han compartido mi mesa, mis estrategias, mis noches de desvelo. Hoy, sin embargo, sus miradas son espejos de un mismo resplandor, una fiebre invisible que r