El pasillo del Hotel Atlantic se convirtió en un túnel de fuego y escombros. La explosión de la puerta había dejado una neblina de polvo de yeso, pero para Elena, el mundo se movía a una velocidad distinta. Sus ojos, mejorados con implantes de enfoque rápido, detectaron las firmas de calor de los doce atacantes antes de que el humo se disipara.
—¡Abajo! —rugió Dante, cubriéndola mientras abría fuego con su pistola automática.
Elena no se quedó atrás. Se deslizó por el suelo pulido, esquivando una ráfaga de balas que destrozó un jarrón de la dinastía Ming a su lado. Con un movimiento fluido, activó los pulsos de alta frecuencia en sus palmas. Al pasar junto al primer atacante, le propinó un golpe en el pecho; la descarga eléctrica colapsó el corazón del hombre instantáneamente a través de su chaleco táctico.
Dante era una fuerza de demolición. Se movía con la brutalidad de un hombre que había nacido en las calles más peligrosas de Rusia, usando los muebles como escudos y devolviendo ca