El aire en el laboratorio central de Viktor Draken vibraba con una frecuencia inaudible, un zumbido que hacía que los dientes dolieran. Era el campo de Pulso Electromagnético (PEM) de alta intensidad, diseñado específicamente para freír cualquier circuito biónico que no tuviera la firma digital de Draken.
Elena cruzó el umbral de la cámara principal. Dante, siguiendo el plan, se mantuvo oculto en los conductos de ventilación, esperando la señal.
—¡Elena! —gritó Lilith desde las sombras, su voz distorsionada por su laringe metálica—. Bienvenida a casa.
En el momento en que Elena dio el tercer paso hacia el centro de la sala, Draken activó la sobrecarga. Un estallido de luz azul bañó la habitación. Elena emitió un grito desgarrador, sus brazos y piernas se sacudieron violentamente antes de quedar rígidos. Sus ojos, antes brillantes con luz azul, se apagaron instantáneamente.
Cayó al suelo con un impacto sordo, con el brazo derecho extendido de forma antinatural, como una muñeca rota.
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