El sabor del asfalto y la sangre es algo que no se olvida. Mientras yacía en el suelo, viendo a Valerius consolar a la mujer que acababa de intentar asesinarme, algo dentro de mí terminó de morir. Pero no fue mi loba, ni mi espíritu; fue el último vestigio de la Aura que creía en la redención.
Lilit lloriqueaba sobre el pecho de Valerius, ocultando su sonrisa triunfal entre las solapas de su abrigo de cachemira. Él, el hombre que alguna vez juró protegerme de todo mal, me miraba con una mezcla de fastidio y una superioridad que ya no le pertenecía.
—Vámonos, Lilit. Deja que los paramédicos se encarguen de ella. Tiene la piel dura, sobrevivirá —dijo Valerius, dándose la vuelta sin una pizca de remordimiento.
Pero cuando dio el primer paso, su rodilla flaqueó. Un crujido seco, como el de una rama vieja rompiéndose, resonó en el aire. Valerius soltó un gruñido de dolor y se tambaleó, apoyándose pesadamente en el coche.
—¿Alpha? —Lilit palideció—. ¿Qué te pasa?
Yo, desde el suelo, solté u