El trayecto de regreso a la mansión principal al día siguiente fue una agonía de cortesía y falsedad. Dante conducía su deportivo con una mano, mientras la otra descansaba sobre mi muslo, apretando con esa familiaridad posesiva que antes me hacía vibrar y que ahora me hacía querer gritar de puro asco. Cada vez que sus dedos rozaban mi piel, sentía que una marca de carbón se quedaba grabada en mí.
—Mi padre está presionando con lo de Bianca —dijo él, mirando la carretera con una indiferencia que me helaba la sangre—. Es solo una fachada, Alessia. Una alianza política para calmar a las familias rivales y asegurar las rutas del norte. Tú eres la única a la que amo. Seguiremos viviendo juntos en el ala este después de la ceremonia. Serás mi pequeño secreto, mi refugio personal.
“Tu amante secreta”, pensé, sintiendo una punzada de dolor en el vientre. “Tu penitencia permanente”.
Al llegar a la mansión, fingí que necesitaba buscar un libro en su estudio privado. Sabía que Dante, en su arrog