La casa era un caos total, pero Mateo no tenía idea de que yo ya había abandonado este mundo.
En ese momento, él estaba acompañando a Camila, vendando con esmero la herida en su mano.
—¿Todavía te duele?
Su voz sonaba más dulce y suave que en cualquier recuerdo que yo atesorara.
Camila negó levemente con la cabeza, sus ojos brillaban con lágrimas.
—Ya no. Contigo aquí, no tengo miedo de nada.
Mateo la miró con el corazón destrozado, y la furia se dibujó en su entrecejo.
—¡Esto ya es demasiado! E