Capítulo 5
No soportaba la idea de regresar a esa casa, así que decidí volver a la antigua casa de mi padre.Mi teléfono vibró. Era un mensaje de Victoria, el primero que me había enviado en tres años:

«Vuelve y discúlpate con Julian».

Me quedé mirando el mensaje durante un buen rato. Casi me hizo reír.

Entonces sonó el teléfono. Por su tono, era evidente que ya estaba perdiendo la paciencia.

—¿Me oíste? Julian dice que…

—Victoria —la interrumpí en voz muy baja—. Si me muriera, ¿estarías triste?

La pregunta que llevaba meses oprimiéndome el pecho, por fin salió de mi boca.

Hubo unos segundos de silencio al otro lado de la línea. Luego su voz se elevó de golpe.

—¿Qué te pasa últimamente? ¿Quién te está enseñando a decir esas estupideces macabras? ¿Eres hombre o no? Si necesitas dinero, dime cuánto. Nunca te he negado nada.

— Ven aquí. Ahora mismo.

Al final, nunca obtuve una respuesta.

Ya no importaba.

La llamada terminó. Me acosté en la cama de tablas en la que solía dormir con mi padre cuando era niño, y saqué un teléfono viejo de una lata oxidada.

Todos los mensajes que Victoria y yo nos habíamos enviado cuando teníamos poco más de veinte años seguían ahí.

«Daniel, hoy vi que una chica te entregó una carta. Si te la quedas, lo nuestro termina, ¿entendido?»

«Daniel, ¿cuándo estás libre?»

«Daniel, te extraño un poco».

Para entonces, el dolor ya se había extendido de la pierna al resto del cuerpo, como si unas manos intentaran desgarrarme por dentro. Quería reír. Quería llorar. Quería gritar.

No pude hacer nada; apenas una lágrima me humedeció los ojos.

Leí los ocho mil mensajes, del primero al último. Después los borré todos.

Con las pocas fuerzas que me quedaban, tomé las pastillas para dormir y los analgésicos.

La cabeza empezó a pesarme y el dolor comenzó a ceder.

Por primera vez en meses, sonreí de verdad y cerré los ojos.

—Victoria. Soy libre ahora. No te odio. Espero que esta vez te cases con el hombre indicado.

***

Victoria se quedó mirando la pantalla después de colgar, cada vez más inquieta, incapaz de calmarse.

Sin pensarlo, abrió la aplicación de ubicación. Ella misma había insistido en que Daniel la instalara cuando eran jóvenes y solía molestarlo con eso. Durante un tiempo la consultaba a cada rato, Después de descubrir qué clase de persona era él, nunca volvió a abrirla.

El punto en la pantalla señalaba un complejo habitacional deteriorado en la parte antigua de la ciudad.

Frunció el ceño y se levantó, extendiendo la mano hacia las llaves.

—Vicky —dijo Julian, sujetándola por la muñeca y mirándola con expresión de súplica—. Me prometiste acompañar a la cena de la empresa esta noche. Todavía me duele la mano.

Ella se detuvo. Miró la venda que le cubría el dedo y volvió a sentarse.

—Está bien.

Pasó toda la cena con la mente en otra parte. Aquella voz débil no dejaba de resonar en su cabeza.

Irritada, se aflojó el cuello de la blusa y le pidió a Grace que averiguara con quién había estado en contacto Daniel últimamente. Alguien debía estar metiéndole ideas en la cabeza; nadie podía ser tan buen estafador sin ayuda.

Pero ¿qué tenía que ver eso con ella? Daniel era un hombre capaz de vender su propio cuerpo por dinero. No era más que eso.

Se estaba frotando las sienes cuando Grace volvió a llamarla.

—Señora Sterling, el señor Bennett no ha estado en contacto con nadie. No ha ido a ningún lado aparte del hospital. Su mundo es muy pequeño: su única familia siempre fue su padre, y él murió hace tres años.

Victoria apretó con fuerza el vaso que sostenía. Cuando se dio cuenta, ya estaba de pie.

Todos en la mesa se volvieron hacia ella. No le importó.

—¿Tenía padre?

Los hombres de Julian habían investigado a Daniel. Según el informe, Daniel Bennett era un supuesto huérfano que vivía a costa de mujeres adineradas.

—Sí, señora. Murió hace tres años de cáncer de huesos.

La mente de Victoria se quedó en blanco mientras un ruido ensordecedor le inundaba la cabeza Por un instante, sintió que las piernas le fallaban.

Eso significaba que existía una posibilidad —por mínima que fuera— de que él no hubiera mentido.

Cáncer de huesos.

Intentó recordar dónde había visto esas palabras antes.

Y entonces recordó el mensaje que él le había enviado meses atrás.
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