El auto me llevó de regreso a la Manada Luna Negra. Todo me parecía tan familiar. Viví aquí dieciocho años, y todo seguía igual que cuando me fui.
Papá me esperaba en la entrada de la mansión.
El tiempo lo había marcado: con los años le habían salido canas en las sienes y el cansancio se marcaba en su cara, antes tan firme.
Al verlo, se me hizo un nudo en la garganta y las lágrimas se me escaparon sin poder contenerlas.
Él abrió los brazos con una sonrisa cálida.
—Mi niña, bienvenida a casa.
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