Álex forcejeaba en el suelo contra los guerreros que lo sujetaban.
—¡No es así! —rugió desesperado—. ¡Soy su compañero, déjenme ir!
Me miró, los ojos enrojecidos, llenos de dolor y fragilidad.
—Camila, dime, ¿qué tengo que hacer? ¿Cómo puedo recuperarte?
Lo miré con frialdad, manteniendo la voz firme:
—Jamás te perdonaré. El día que esperaste a Valeria para marcarla en el rito, ese día todo terminó.
Se le quedó la cara desolada. Los guerreros lo arrastraron fuera del salón, sin dejarle chance de