En ese momento, César se detuvo de pronto y también volvió a mirarla. Al verla quieta en su lugar, le preguntó con suavidad:
—¿Qué sucedió?
Celia retiró la mirada.
—Nada. Es que no siento frío.
Ella le respondió y salió por la puerta sin esperar su respuesta. César la observó desaparecer poco a poco. Al fin, relajó la mano que había estado apretando con fuerza. De hecho, de vez en cuando se cuestionaba a sí mismo: ¿sería capaz de dejarla ir o, incluso, de cederla a otro?
***
Se quedaron en un re