En su habitación, Sira tomó el espejo de maquillaje y se aplicó un poco de labial. Aunque ya carecía del esmerado maquillaje de antes, anhelaba ver a César con dignidad. La enfermera se acercó a la cama y corrió la cortina. De inmediato, vio la esbelta figura que le resultaba tan familiar; su cara apuesta parecía aún más imponente que antes.
—Creí que no vendrías —dijo Sira, con una sonrisa en los ojos, pero teñida de un dejo de resentimiento—. Dicen que tienes cáncer. Me preguntaba si acaso no