Celia nunca imaginó que algún día César también le expresara su preocupación. Retiró la mirada y soltó una risa burlona.
—¿Y solo ahora te das cuenta de que debes preocuparte por mí? Ya es demasiado tarde, ¿no crees?
La mirada de César se fijó en su cara.
—Mientras aún necesites mi preocupación, no es tarde.
Celia le respondió con una sonrisa sarcástica:
—Pero ya no la necesito.
César apretó la mandíbula, permaneciendo en silencio por un largo rato.
—¡Por favor, la cuenta! —dijo Celia.
La dueña