Al ver que la punta afilada ya estaba a punto de clavar en su pecho, Celia forcejeó con todas sus fuerzas para liberar su mano. Las tijeras cayeron al suelo.
—¡Estás loco! —gritó ella.
Él sonrió, atrayéndola hacia su pecho con un brazo. Mientras tanto, su mano acariciaba con ternura su mejilla.
—Si me odias, sigue odiándome. Celia, fuiste tú quien eligió casarse conmigo. Incluso si te arrepientes, tendrás que aguantar las consecuencias.
Todo el cuerpo de ella se tensó y, luego, él selló sus labi