Como una marioneta sin voluntad propia, Celia se sentó sobre sus piernas y comenzó a desabotonar la camisa de César con movimientos mecánicos. Cuando llegó al cinturón, sus manos se detuvieron en seco. El aire acondicionado estaba tan bajo que el frío le calaba los huesos, haciéndola temblar. César, inmóvil, estaba apoyado en el sofá.
—¿Por qué te detienes? —preguntó con voz ronca.
Ella suspiró hondo.
"Celia, considéralo como una mordedura de un perro loco…", pensó ella. Sus dedos se acercaron