Celia se giró hacia donde venían los gritos. Allí estaban unos niños de cinco o seis años, armados con pistolas de agua. Rodearon a una mujer hermosa que abrazaba una muñeca y le disparaban agua sin piedad. La mujer, con la mirada perdida, solo apretaba más a su muñeca contra el pecho.
—No le hagan daño a mi hija… —murmuró en voz bajita.
Al ver la escena, Celia les gritó a los niños con tono severo:
—Si siguen molestando a la señora, ¡llamaré a la policía para que los arresten a todos!
Los niños