—Recuerda Sonia, el poder de decisión sobre nuestra relación está en mis manos. Incluso antes, si no hubiera estado de acuerdo, ¿crees que habrías podido divorciarte tan fácilmente?
Las manos de Sonia, que aún intentaban resistirse, cayeron lentamente. Su mirada hacia Andrés perdió todo rastro de tristeza o enojo.
Él tenía razón. ¿Qué derechos tenía ella? A sus ojos, no era más que un objeto. Antes como su esposa, destinada a darle descendencia, y ahora... una simple herramienta para su placer.