En realidad, Sonia no quería llorar. Desde muy pequeña había aprendido que las lágrimas solo funcionaban con quienes la amaban, y Andrés claramente no entraba en esa categoría. Sus lágrimas ahora solo provocarían su desprecio.
Rápidamente se limpió las lágrimas mientras Andrés la observaba con el ceño levemente fruncido.
Sin notar su expresión, Sonia continuó: —¿Dónde estabas la noche que me pasó aquello?
—¿Qué?
—La noche que perdí al bebé, ¿dónde estabas?
Andrés guardó silencio.
—Ana me dijo qu