Sonia no pudo dormir en toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, las pesadillas eran interminables: la habitación húmeda y oscura, la puerta que nunca cerraba bien, la ropa siempre inexplicablemente sucia, los armarios revueltos. Y al final, el rostro repugnante y depravado de aquel hombre.
Ocho años después, Sonia seguía sin poder escapar de estas pesadillas, y ahora, él había salido de prisión... ¡Había salido de prisión!
Sonia no sabía cómo había conseguido su número, pero esa sensación