Sonia ya había terminado de extraerse sangre. Las vendas en su brazo aún estaban frescas, y podía sentir el ligero ardor donde la aguja había penetrado su piel.
Sentada en la fría silla de plástico de la sala de espera, su mente seguía en blanco después de una noche sin dormir. El bullicio del hospital - las conversaciones distantes, el sonido de pasos apresurados, el ocasional timbre de un teléfono - parecía lejano y distorsionado.
No sabía si sentía esperanza o miedo. Por supuesto que deseaba