Su cara se parecía mucho a la de Isabel.
Gabriel dejó escapar un suspiro entrecortado, su pecho agobiado por el dolor.
—¡Mateo!
Mateo le contestó, tranquilo:
—Mamá y Alejandro ya se casaron adentro. Papá, vete, ya no puedes seguir.
Al escucharlo, Gabriel sintió un nudo en el pecho. Golpeó el cristal con fuerza, una y otra vez.
—¡No! ¡Eso no puede ser! ¡Isabel me ama! ¡Mateo, por favor, abre la puerta! ¡Quiero verla, quiero verla!
Pero Mateo negó con la cabeza, sin dudar.
—Papá, aquí no puedes en