El silencio que envolvía el despacho privado de Devatra Morlens resultaba asfixiante. Las pesadas cortinas de terciopelo gris permanecían completamente cerradas, dejando que apenas unos finos rayos de luz diurna se filtraran por las rendijas del enorme ventanal.
Devatra permanecía sentado con la espalda recta detrás de su escritorio ejecutivo de madera de roble. La venda blanca que cubría su sien se estremecía ligeramente cada vez que exhalaba, mientras intentaba soportar el dolor punzante que