Los focos halógenos del techo del despacho de Henry Wijaya reflejaban un destello plateado sobre la superficie de la mesa de cristal tintado, ahora cubierta por un montón de carpetas con expedientes. La tensión táctica era tan densa en la habitación que desgastaba los últimos vestigios de la comodidad de la tarde, que ya empezaba a desvanecerse al otro lado de la ventana. Henry, con las mangas de su camisa blanca remangadas hasta los codos, daba golpecitos con una pluma de punta de oro sobre la