Ya sin ese trabajo, dejé de perder horas estudiando informática, que ni me gustaba.
Volví a lo mío: diseño de joyas. Abrí mis bocetos y mis plumillas.
Por la tarde, en el invernadero de casa, estaba dibujando cuando Adrián apareció.
Traía una tiara de perlas y diamantes. La reconocí al instante: una pieza antigua, de principios del siglo pasado, que había visto en un libro.
Me enamoró el motivo de lazo de enamorados, y las perlas, de lustre perfecto, graduadas con una transición suave, engarzada