Mis papás me escucharon y se les partió el alma.
—Bien hecho —dijo mi papá con dureza—. Tenías que probar el amargo del amor para entender cuánto te cuidamos.
Pero le vi las venas tensas en el dorso de la mano y una cara de pocos amigos, como si estuviera listo para arrastrar a Hugo de las orejas.
Mamá me acarició la cabeza:
—Ya está, mi niña. En casa no hablamos de cosas feas. Es un collar de diamantes y ya. Mañana te compro varios y los vas cambiando.
El nudo en la garganta se me deshizo. Me r